Me gustaría abordar la fundamentación teórica de la terminología, hace ya un siglo, y ver las consecuencias prácticas que tiene, que son, a mi juicio, muchas y de mucho calado. Es una idea ambiciosa y soy consciente de que el formato de entradas en este Cuaderno de ideas probablemente no sea el más adecuado. Pero bueno, a ello voy. He decidido desarrollarlo en varias entradas a lo largo de unas semanas. Espero que os interese.
En los años 30 del siglo pasado, un licenciado en electrotécnica austriaco, Eugen Wüster, publicaba la Introducción a la teoría general de la terminología y a la lexicografía terminológica y, con ello, sentaba las bases de la terminología como disciplina. A partir de ahí se desplegaron una serie de actividades que culminaron, entre otras cosas, con la creación del ISO / TC 37 en 1936, el Comité Técnico de Normalización Terminológica de la Organización Internacional de Normalización, y la fundación de una disciplina académica nueva enmarcada en la lingüística aplicada y que busca su identidad contraponiéndose a la lexicografía. Y, lo más importante: los postulados de Wüster se ponen en práctica desde entonces, con mayor o menor éxito, para desarrollar terminologías específicas en instituciones y empresas.
La teoría general de la terminología, tal y como la ideó Wüster, se basa en los postulados del neopositivismo defendidos por el Círculo de Viena y que encuentran expresión, entre otros, en el Tractatus de Wittgenstein. Simplificando, el fundamento teórico último de la Teoría General de la Terminología presupone que el mundo se puede ordenar en retículas semánticas que delimitan nodos conceptuales, que a su vez se corresponden con términos. Esos términos deben estandarizarse para favorecer una comunicación unívoca, siendo este el objetivo que se marcó Wüster. En el momento en que las terminologías son multilingües, lo cual formaba parte programática de la disciplina desde su fundación, hay que presuponer que esas retículas semánticas son comunes a diferentes comunidades lingüísticas o, al menos, que se pueden trasladar de una comunidad a otra.
Hay algunas cosas que merece la pena analizar de este primer momento fundacional. La primera es que, en el momento en que Wüster adopta lo que después ha sido el andamiaje de la terminología como disciplina distinta a la lexicografía, a saber, los postulados del neopositivismo, esta corriente intelectual ya estaba en desuso: cuando Wüster formuló la teoría general de la terminología, Wittgenstein estaba ya inmerso en la redacción de las Investigaciones filosóficas, con las que se distancia de forma clara y explícita de su trabajo anterior, y el Círculo de Viena se había disuelto, primero por la amenazante situación política, que obligó a muchos de sus miembros a escapar de las garras del fascismo, y después al irse integrando sus miembros en otras corrientes nuevas. La continuidad del neopositivismo ha sido escasa y no ha dado frutos reseñables posteriormente, al menos que yo sepa.
Otra circunstancia en la que merece la pena detenerse es el hecho de que Wüster era ingeniero y no lingüista, y mucho menos filósofo, aunque anteriormente había dedicado mucho tiempo y con mucho empeño al esperanto, que buscaba generar un lenguaje planificado, inventado por personas con el objetivo de facilitar y simplificar la comunicación internacional. Sinceramente, desconozco los motivos por los que Wüster fue abandonado ese proyecto, al que contribuyó de forma decisiva, por ejemplo, con su diccionario esperanto-alemán, y comenzó a trabajar en otro nuevo, a saber, el desarrollo de la terminología. De cualquier forma, el nexo es bastante claro: conseguir que las personas hablen en términos unívocos y eficientes sobre temas científicos y técnicos.
En resumen, una persona centrada en una concepción del lenguaje como mero vehículo de intercambio de información y potencialmente sujeto a una intervención directa y planificada, se basó en una corriente del pensamiento que ya se había abandonado para fundamentar una disciplina nueva. Esa corriente de pensamiento defiende, de forma altamente problemática, que existe una instancia ideal en el sentido platónico (estoy simplificando, lo sé) que contiene una serie de referentes (por ejemplo, “hoja de sierra”), que en terminología se consideran conceptos, alrededor de los cuales se agrupan términos que, seguidamente, es necesario clasificar. Hay términos en diferentes idiomas, términos en pleno uso y en desuso, términos confusos, incorrectos, correctos, equívocos, etc.
Pues bien, lo que pueda parecer un mero problema teórico, tiene muchas consecuencias prácticas. La más evidente es la tremenda dificultad de delimitar qué es un término en sus casos más concretos. Cuando varios terminólogos trabajan juntos en un proyecto, o incluso trabajando la misma persona en momentos determinados en el mismo proyecto, las diferencias entre qué unidades léxicas se consideran términos son evidentes (y desesperanzadoras, a veces). Por más que se intente unificar criterios para proyectos concretos, redactando instrucciones y directrices, las diferencias persisten. Es decir, la terminología es una disciplina cuyo objeto de estudio se le escapa entre los dedos.
Mi intención es entrar a analizarlo con detenimiento.

Comments
One response to “Sobre los fundamentos de la terminología I”
Me gusta mucho como escribes 🙂