Ha sido un hallazgo fortuito, aunque, bien pensado, sea absolutamente lógico teniendo en cuenta los últimos “avances” tecnológicos. Trabajando en la validación de términos médicos, me he topado con algo tan inesperado como improbable: la IA amplía los confines de internet y la ampliación tiende al infinito.
Llevo muchos años trabajando en traducción y terminología y hay metodologías que se convierten en hábitos, y que son difíciles de cambiar. Uno de ellos es usar los buscadores de internet como corpus gigante para después ir acotando búsquedas de términos. El proceso es laborioso, pero sencillo: lanzar búsquedas de candidatos a términos e ir comparando fuentes y después modificar las búsquedas para asegurarse de hipótesis generadas ad hoc.
Es cierto que, desde hace algún tiempo, esas prácticas se han convertido en un campo de minas y hay que andarse con mucho cuidado. Cada vez es más frecuente toparse con páginas que están traducidas automáticamente, incluso cuando las páginas tienen una versión oficial y curada en el idioma en cuestión, lo cual no siempre es obvio a primera vista y que, por supuesto, descarta esos resultados inmediatamente. Uno de los mandamientos de la investigación en terminología es trabajar con fuentes directas, nunca con traducciones y muchos menos traducciones automáticas.
Antes de eso, el mayor peligro eran contenidos de personas no del todo bien informadas que daban su opinión en foros y blogs. Sin embargo, ahora, más allá de contenidos de procedencia no comprobable y de traducciones automáticas, la IA obra su magia y todo tiene respuesta. Sea cual sea el término que vayas a comprobar, independientemente de que exista o no, te va a dar una respuesta, con su definición, sus ejemplos y, por supuesto, imágenes a todo color.
Vamos a tener que volver a las bibliotecas.
