Continuo ahondando el análisis de la fundamentación teórica de la terminología que ya empecé aquí. Ya apuntaba que la terminología como disciplina dentro de la lingüística aplicada tiene, a mi juicio, los pies de barro. El motivo de ello es que se apoya en una estructura teórica cuya justificación es muy endeble y que tiene consecuencias insidiosas en su puesta en práctica.
Desde sus inicios, la terminología encuentra su identidad en oposición a la lexicografía. Esta prepara diccionarios que recogen lemas alfabéticamente junto a sus significados, mientras que los recursos terminológicos se ordenan por conceptos. En una base de términos o cualquier otra obra que recoja terminología, se considera que las unidades léxicas recogidas son términos y, en caso de sinonimia, varios términos están agrupados en una misma entrada (que representa un concepto), es decir, no están ordenados alfabéticamente como en un diccionario. Todo esto, simplificado y reducido, es lo que se ha dado a llamar la estrategia onomasiológica de la terminología frente a la semasiológica de la lexicografía.
Después de la primera sistematización de Wüster, ha habido numerosos intentos posteriores de rehacer los fundamentos de la terminología. Desde la Teoría Comunicativa de la Terminología de Cabré a la Teoría Sociocognitiva de Temmerman, la visión léxico-semántica de Marie Claude L’Homme, las aportaciones de Faber… Todos estos desarrollos detectan lagunas, bien sean problemas a nivel teórico, bien en implementaciones concretas de la Teoría General de la Terminología de Wüster, y les intentan dar soluciones. Todas ellas son, desde mi punto de vista, soluciones elegantes y bien desarrolladas, altamente académicas.
Sin embargo, hasta dónde yo sé, ninguna pone en entredicho la validez misma de la terminología como disciplina. Lo que propongo es jugar con la hipótesis de que la terminología está mal fundamentada y no debería existir como tal. Y después ver qué pasa.
Las razones por las que planteo tal hipótesis son múltiples. A nivel teórico, la existencia misma de la terminología alumbra una especie de capa metafísica del mundo donde se alojan los conceptos, que son la base última y el principio de ordenación de todo recurso terminológico. Esa estructuración del mundo postula, de una forma diluida y sin ninguna justificación, una especie de eidos platónico donde se aloja y compartimenta el saber humano. Las palabras que denominan directamente ese eidos son los términos, que se diferencian del léxico común justamente por esa relación directa con el mundo eidético de los conceptos. Hay formulaciones mucho más elegantes de esto, por ejemplo, las de Teresa Cabré cuando se refiere a lenguajes de especialidad y a contextos que activan el contenido terminológico, a nodos conceptuales que articulan disciplinas, etc. Pero no llegan a librarse de una relación (que por cierto, todavía nadie, que yo sepa, ha demostrado) entre los llamados términos y, si ya no los conceptos, una instancia de conocimiento más o menos difusa cuyas compartimentaciones están por declarar. Es decir, la sistematización de Wüster se ha desarrollado posteriormente, a mi parecer, para dulcificar y domar los problemas que conlleva su fundamentación en las ideas obsoletas del Círculo de Viena.
A nivel práctico cabe destacar, ya lo mencioné, las dificultades al determinar en casos concretos qué es un término y qué no, por ejemplo, durante el trabajo de vaciado de un corpus. Las diferencias entre varios terminólogos, incluso compartiendo unos criterios generales, son muy llamativas. ¿Es que no saben detectar con claridad su objeto de estudio? ¿Por qué es tan difícil realizar vaciados de corpus homogéneos?
Si, lo que parece claro y prístino en un libro de teoría, se escapa entre los dedos a la hora de ponerlo en práctica, es que hay un problema. Es cierto que cuando trabajan realmente profesionales en recursos terminológicos, cosa que no siempre es el caso, el gran grueso de términos es detectado como tal por parte de todos ellos. Estamos hablando de una zona gris. Pero existe y está ahí. Aplicando la navaja de Ockham, lo más sencillo es pensar que esa cosa que se llama término no está bien delimitada, como poco, o bien directamente es un espejismo.
Voy a dedicar aún más entradas en mi cuaderno para seguir desarrollando estas ideas.
